La memoria del mar

Si hay espacios donde la vida estuvo asociada al mar, A Guarda tiene pruebas evidentes y documentadas de la relación de las comunidades humanas con el mar. Desde el hallado paleolítico de Camposancos, camposanquense, a los concheros presentes en las laderas del monte Santa Trega encontramos abundantes huellas de la relación con el hábitat marítimo.
El “Cabo del mundo” o “Boca del Miño” presenta un espacio delimitado claramente como una cala cerrada por el norte con las rocas de la Robaleira y polo sur con el malecón del Balueiro.

La Villa se fue sobreponiendo a la baja en la que tradicionalmente vivieron los marineros en el barrio de la Marina. De la villa de A Guarda tenemos acuerdos de pesca con el Monasterio de Oia en los siglos XII y XIII.

El colectivo de las rederas “Atalaia” evoca, en su denominación, la existencia de una construcción de este tipo de carácter militar construida en el puerto y que también sirvió de faro.

Desde los tiempos protohistóricos, las comunidades de piscatorias se asentaron en el barrio marinero conformando un núcleo con fuertes lazos de consanguinidad y también con abundante presencia de familias portuguesas, fundamentalmente de la Póvoa de Varzim (Poveiros o Barqueiros)

La calle de los malteses puede hacer referencia a la “malta” portuguesa (grupo de trabajadores) o embarcación maltesa encallada en una tempestad.

El mar se presentó siempre delante de los ojos de los marineros como un desafío que servía como sustento esencial para las familias. Esta actividad era completada con el cultivo de las pequeñas fincas que se erguían en la parte alta de la villa y que estaba reservada para las mujeres que además recogíanlas algas para abonar las fincas.

En el monte del Trega aparecieron zarpazos de redes. Estos pesos son muestras de la importancia que las redes tuvieron siempre en la cultura marítima. Las agujas, los paños, los boureles, los corchos, las cuerdas, los “pandullos”, el nylon…palabras que ataron la memoria de los marineros de A Guarda. Mujeres (y también hombres) que fueron transmitiendo sus saber desde las “chabolas” de la ribeira a los bajos de sus casas o en galpones y naves donde desarrollan esta labor fundamental para la pesca, tanto en el río como en el mar.

Al principio se hilaba el lino y el cáñamo dándole la torsión (cocha) adecuado para hacer las cuerdas. En estas cordelerías se cantaba y se desarrollaba una intensa relación social.

Los cordeleros proceden de Portugal, sobre todo de la Póvoa de Varzim, y se instalan primeramente en la Alameda y más tarde van a montar sus propios talleres, llegando a existir tres cordelerías en A Guarda. Se cardaba el lino, el cáñamo e incluso el sial de la palmera.

Las redes había que “entrallarlas” y “encascarlas”. Para eso había que buscar la cáscara de sauce y ponerla en remojo en pías, algunas comunales, como las de Fonte da Ribeira, de A Roda o de A Robaleira. El machacado de la cáscara era tarea de mujeres aunque también había hombres a periódico. Esta cáscara era hervida en chichones o calderas durante todo el día para vaciarla en los pilones donde se ponían a remojo las redes.

El secado de las redes se hacía en largos tendales que se extendían por las balcones y casas de los marineros.

 “Santísimo Sacramento, todo o malo vai para fóra, todoo bo veña para dentro”

Las redes eran también “bendecidas” con dichos y rituales para que trajera buena ventura en la pesca. “Santísimo Sacramento, todo el mal va para fuera, todo lo bueno venga para dentro”.

Cada red tenía su nombre, “a boeira”,  “a bragadeira”,  “a terceira”, “a catreira”,  “a cinqueira”, “o xeito”, “as raeiras”, “as rascas”, “os mollos”, as lampreeiras… Y cada una con su marca en las “cortizas”, la marca de la familia.

La dureza de la vida de los marineros se mostraba con toda crudeza en las épocas más duras del invierno donde llegaban a pedir de comer. Mas también había tiempo para el ocio, jugando a las cartas en la taberna o, los más nuevos, con batallas de piedras o terrones de tierra entre los de la Marina y los de la sobre-villa.
Entre las costumbres de la vida diaria, en los casamientos hay mejoras, lances y dotes de redes.

En el tiempo de los grandes botes volanteros, a partir de los 14 años, ya había jóvenes en las embarcaciones. Pero estas embarcaciones de gran porte fueron dejando paso a otra tipología más fácil de varar y de manejar: la gamela, la embarcación más adaptada al espacio guardés. Una embarcación que muestra la aplicación de la sabiduría popular en la construcción de un barco que se adapta a la navegación en un mar abierto, con sus cuatro proas y la vela, boga segura en un mar bravo. Su origen puede remontarse al siglo II d.C. según algunos investigadores.

Con el nombre de “masseira”, la gamela se fue extendiendo polo norte de Portugal. Y es de las manos de los carpinteros de ribera fué de donde salieron cientos y cientos de gamelas a pié de puerto como la carpinterías del Minxos o de Manuel González. De la transformación de estos pequeños talleres, surgieron los astilleros de Camposancos, las factorías desde donde salieron toda una diversa tipología de embarcaciones de madera.

Y los veleros extendían los telares en la plaza de Chan do Conde o en la puerta de la iglesia para cortar los paños de ala de pardela.

Las marcas de las embarcaciones constituyen una señal de identidad de cada una de las familias marineras tanto de A Guarda como del Norte de Portugal. Entre las marcas guardesas encontramos estrellas, cruces, peines, mástiles, plumas, etc. Cada una de estas marcas es el blasón de la familia y su transmisión se rige por estrictas reglas genealógicas. La relación de parentesco de muchas familias de A Guarda y la Póvoa hizo que muchas de estas marcas coincidieran y correspondieran con el origen familiar por veces ya olvidada.

La sabiduría de los marineros de A Guarda, aplicada al territorio donde desarrollan su actividad, fue transmitida de generación y en generación y se manifiesta claramente en la observación de las nubes, de las ondas del mar, de las fases de la luna, del vuelo de las aves o de la dirección de los vientos para saber como hacer la salida al mar.
Así se emplean expresiones como “o bicho” para referirse a las nubes que traen el mal tiempo, “o malloucón” cuando el mar es grueso, “a maruxía” como mar duro o “a seca” cuando hay un mar medio.

Estos saberes también originaron creencias que se asociaron a la buena o mala suerte. Supersticiones que originaron ritos para prevenir males. El símbolo más frecuente es el Sansolimón, la estrella de cinco puntas dibujada de un sólo trazo, que da buena suerte. También son frecuentes las estrellas de seis puntas, las cruces o los círculos. Se emplean amuletos como las herraduras, los ajos, los cuernos de carnero o ramos de muérdago.

Estas prácticas y creencias, transmitidas oralmente, constituyen todo un saber que se mantiene en muchos de los trabajos y rituales diarios. Leyendas como la del Lubisón, cuentos de ballenas o de marineros y demonios, son muestras del patrimonio cultural que guardan las personas portadoras de estas prácticas y saber.

Bouza Brey recogió la tradición de los pescadores portugueses que trazaban sus marcas en la puerta de la capilla del monte Trega y después desde el mar invocaban la protección de la Santa con este tipo de cantigas:

Miña rica Santa Tegra
dai-nos ventiño de popa
que nós queremos ir embora
e temos a vela rota.

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