El marisqueo a pié

La recogida del percebe toma impulso en los años 30 del siglo XX cuando crece su valor comercial por motivo de su utilización en la hostelería. Antiguamente, su destino era como alimento para gallinas y abono de los campos, después de ser machacado.
Las artes del oficio se mantienen sin cambios en el tiempo, excepto los cambios en el atuendo como los nuevos trajes de neo-preno que sustituyen a las viejas faldas plásticas y un calzado más adecuado para caminar por las rocas.

La faltriquera y la raspa siguen a ser los aperos del oficio. Ahora, severamente regulado con el deber de llevar chalecos salvavidas y trabajar en grupo motivado por el peligro que el entorno de este tipo de marisqueo implica. Su ejercicio legal necesita de la obtención de una licencia, administrada por cada cofradía que gestiona las vacantes de la zona. El relevo generacional queda entonces supeditado a la posibilidad de obtener alguna de las plazas.
El proceso de esquilmado que durante décadas sufrió el percebe de la costa atlántica es, junto con la vigencia del furtivismo, el principal desafío que afronta el oficio de cara a el futuro. La captura incontrolada dejó su huella, fundamentalmente, en una menor calidad del producto que actualmente se refleja en el descenso de su valor.

El que había sido el “oro negro” de la costa gallega, hoy no da la rentabilidad suficiente para que los perceberos y perceberas puedan vivir de sus beneficios.

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