La pesca artesanal

Peligro, pobreza y coraje podrían simbolizar el estandarte del oficio de marinero. Como puerto de mar abierto, A Guarda impuso el espíritu de sacrificio como principal condición a toda persona que había decidido buscar la vida en el mar. “Remar y remar” era el lema de los primeros años, cuando las gamelas salían en la busca del pescado, la langosta o las algas, provistas de redes con el impulso de los remos y, a veces, de una vela. Apenas unas pocas familias tenían barcos a vapor: el San José, O Jorgina, O Miniño, Campusina, Leiteiro, Os Emilios, O Jalán, O Cangrena e O Consuelo.

El verano era a época de mayor actividad pues las frágiles y desprotegidas embarcaciones hacían casi imposible la pesca de bajura en el mar del invierno. Aprovechar la zafra permitía guardar algún dinero para la casa; salar y secar un poco de pescado que aplacara el hambre durante la estación fría. Las familias complementaban con las algas o algún trabajo en tierra la desocupación que abarcaba varios meses al año en la pesca de bajura. Si la necesidad golpeaba más de lo resistible, las aguas del Miño se abrían cómo una alternativa en la pesca del sable o de la lamprea.

Las pocas familias que tenían acceso a la compra de un barco a vapor podían complementar los ingresos con capturas en aguas más protegidas, como las de las rías del país. Sin embargo, la historia del oficio recoge un pesado lastre: la peligrosidad del mar.
Los marineros son herederos de una tradición milenaria que combina una variedad de saberes adquiridos a lo largo de los años y que hicieron posible desarrollar con éxito su oficio así como el crecimiento y desarrollo del sector y de la economía local. Mantener a la familia era el eje sobre lo que giraba el coraje de los marineros guardeses.

Close Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *